sábado, 15 de noviembre de 2008

La realidad supera a la fricción


Han sido muchos años, muchos gritos, mucha sangre, muchos sustos y demasiados fenómenos paranormales. Tantos que el cine de terror ha acabado en nuestros días por convertirse en un cuento chino (o asiático en general) en forma de superproducción norteamericana.
A la gran cantidad de imágenes que vemos continuamente se suma el hecho de que casi cualquier superficie plana y oscura termina por ser una pantalla, e incluso en ocasiones una cámara. En este contexto estamos desarrollando el culto por la imagen “sucia” pero real y por tanto inquietante. Ya no nos impresionan los efectos especiales, o los chorros de sangre de las películas gore, o por lo menos ya no lo hacen tanto como las imágenes grabadas por el móvil de una agresión en el metro por ejemplo. Este cambio en la sensibilidad de la mirada afecta al que, en mi opinión, se podría entender como el gran testigo de la conciencia social a través de la historia contemporánea: el cine de terror.

De la misma manera en que el terror en los cincuenta, sesenta y setenta reflejaba la calma tensa de la guerra fría, con alienígenas de aspecto ruso o infecciones ideológicas en toda regla (como en “La invasión de los ultracuerpos” ), en los ochenta (y ya desde finales de los setenta) se paso a atacar la propia conciencia humana, el subconsciente de una sociedad que ya se sabía encaminada hacia el consumo masivo y el capitalismo sin tregua (pienso por ejemplo en “La Matanza de Texas” o “Pesadilla en Elm Street” ).
Después de una década de los noventa obsesionada con los efectos especiales y con llevar más allá el filón económico del llamado terror adolescente (como en “Scream”), nos encontramos en un momento del cine de terror donde la industria norteamericana parece haber encontrado cobijo en los remakes del cine de terror asiático hasta que la manera de entender este tipo de cine cambie completamente hacia películas de tono real y semidocumental que apelen a esta imagen “sucia” anteriormente comentada (el éxito de películas como “Monstruoso” o la más cercana “Rec” sirven de testigo de esta manera de intentar asustar al personal de una forma creíble).

En este punto es donde quiero reivindicar un cine que se sitúa a medio camino de esta obsesión por la imagen “real” y el afán por inquietar al espectador. Se trata de un cine frío e impactante en el que la producción europea parece haber superado con creces a la norteamericana. Es el cine de las películas de Michael Haneke ( “El video de Benny”, “La pianista” ,…). Una manera de hacer cine que indirectamente y sin ninguna pretensión está afectando y afectará a la manera de entender el género de terror en el futuro.
Una corriente de la cual la película que quiero tratar hoy es un exponente puntero (y además es de producción nacional!). Se trata de “Las horas del día” de Jaime Rosales (2003). Película que encontrareis en las revistas y páginas de cine catalogada como drama, suspense, etc., pero que en mi opinión es una muestra del nuevo cine de terror capaz de conseguir lo que los efectos especiales y los universitarias norteamericanas amenazadas por fantasmas ya no consiguen: atemorizar y permanecer en el subconsciente del espectador por mucho tiempo.
La cinta esta grabada de manera implacable y distante a la vez, en un tono que resulta alarmantemente real, tanto que quizás sea esto lo que la convierte en una especie de relectura del cine de terror de loa últimos tiempos; el hecho de que en todo momento de la sensación de cualquiera podría ser testigo en el mundo real de la exasperante historia que se cuenta.
El peligro o el mal en “Las horas del día” no llevan una máscara de hockey, ni una sierra mecánica, ni tiene la piel quemada ni cuchillos punzantes en sus dedos. Más bien, se trata de un tipo que desayuna con su madre y se plantea cosas como dejarse barba o no lo que a la postre resulta infinitamente más demoledor.

Inexplicablemente se trata de una pelí no muy conocida por el gran público (ni siquiera después de que su director consiguiera el Goya en 2007 por “La Soledad” ). Quizá sea porque las películas de Rosales (y de este “nuevo cine de terror” en general), intentan llegar al espectador desde la realidad para hacer de esta algo asfixiante y aberrantemente reconocible. Un rechazo en banda a recurrir a la "fricción de imágenes" en la sala de montaje que se supone que se espera de toda cinta terrorífica.
Me imagino que su director en ningún momento tuvo en mente rodar una película de terror, sino más bien un alegato sobre la incomunicación en la sociedad moderna, lo que en mi opinión resulta sospechosamente similar.
Recomiendo esta película como una de las grandes olvidadas del cine español de la presente década. Una historia perturbadora que removerá las conciencias de todo aquel que utilice el transporte público.
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2 comentarios:

Enzo Buonfiglio dijo...

Yo la vi hará un mes y me quedé helado. Como una persona tan aburrida, sin ilusiones, de repente asesina. Tanto la escena de la taxista como la del abuelo en el metro son memorables. Los planos estáticos, las escenas sin subrayados innecesarios...

Muy buena película

Anónimo dijo...

Aaaah!!! No sé si la veré, siempre utilizo el transporte público. Como me dé rollo a ver cómo me muevo por la ciudad...